domingo, octubre 22, 2006

EL OCASO PARTE 1

EL OCASO DE LOS DIOSES

Si en el frente me hallo lejos ¡ay! de ti,
oigo que tus pasos se acercan junto a mí...
Y sé que allá me esperas tú junto al farol, plena de luz.
Lili... mi dulce bien. Eres tú, Lili Marlene.
(Lilí Marleen, Hans Leip)

-¡Mein Oberst! ¡Ya están aquí! –el tono del joven Teniente de las SS era agónico.
Había entrado en la estancia sin avisar. Ésta era ordenada, sobria y lujosa, amueblada con un estilo clásico de finales del siglo XIX. Daba un aire de estricta marcialidad. Un retrato del Führer era el único cuadro. Sonaba música clásica procedente de un fonógrafo situado junto a una maciza mesa. Tras ella, sentado en una silla de madera igualmente maciza, se hallaba un hombre con uniforme negro, de unos cincuenta años, rubio y de ojos azules. Su semblante, duro y recio, mostraba ahora un aire de tranquilidad absoluta. Estaba saboreando una taza de café. Al irrumpir el joven, depositó con suavidad la fina porcelana en la mesa. Con suma paciencia extrajo un pañuelo blanco de la guerrera y se limpió los labios ante la controlada impaciencia del recién llegado.
-¿Han cruzado el río? –preguntó.
Ante la oferta de explicarse abiertamente, el oficial vomitó las palabras.
-¡Han destrozado a la 255! ¡Nadie sabe dónde está la Totenkopf! El General....
Un gesto autoritario con el pañuelo hizo callar al joven.
-¿Quiere hacer el favor de explicarse en orden y con claridad?
El teniente asintió. Ante un nuevo gesto del Coronel prosiguió.
-Los rusos han cruzado el río. Han establecido una cabeza de puente muy rápido y se sabe que están pasando blindados. El General Manstein ha ordenado un repliegue de las divisiones 28 y 322 detrás de Halle para reorganizar el Frente. Eso nos deja solos delante de nuestras líneas. El General ha ordenado que abandonemos este campo. Y ha llegado un Telegrama de Berlín. Debemos marcharnos, Señor.
-¿Pero qué le pasa al Estado Mayor? ¿Vamos a dejar que esos bárbaros asolen Alemania a su voluntad? –se pasó la mano por la boca. Ese perro de Manstein. ¡Que un Wehrmacht le de órdenes a él, Coronel de las SS! Enviándose telegramas con Berlín para retirarnos...
-Entonces, ¿no se sabe nada de la Totenkopf? –preguntó.
-No, Señor. –el Teniente se encogió de hombros.
La mejor División de la zona. Blindados de las SS. Y no se sabía nada de ellos... Esta Guerra ya está perdida...
El Coronel meditó durante unos segundos. Cogió con delicadeza la taza de café. Dio un sorbo. Aún estaba caliente. Tibio, como el sabor de la sangre...
-Dieter.
-¿Sí, Señor?
-Encárguese de los preparativos para la evacuación. Solo soldados. Nada de prisioneros. Lo que no se pueda cargar en los camiones se inutilizará.
-¿Y los prisioneros?
-Fusiladlos. Estoy harto de esos judíos.
-Jawohl, mein Oberst. ¿Alguna orden más?
-Solo una cosa. Tráigame un prisionero. Un niño. El más sano que encuentre.
Dieter le miró con extrañeza.
-Después asumirá usted el mando. Dele mis saludos al General.
-Pe... pero. ¿Y usted, Señor?
-¿Yo? No pienso retirarme ni rendirme. Tendré un final honorable, como buen alemán patriota, nazi y ario. ¡Heil Hitler!
-¡Heil! –respondió el joven Teniente, abandonando la sala.
Una vez solo, el fanático Coronel de las SS sacó su Lugger calibre 38 del primer cajón y se puso a sacarle brillo envuelto por la armonía del fonógrafo. Tantos años acumulando Poder. Tantos sacrificios humanos. Qué cerca habían estado. Seguro que su hermano –miró el cuadro de Hitler- se estaría preparando para lo mismo que él iba a realizar en unos instantes.
Alguien llamó a la puerta.
-¡Adelante! –ordenó el Coronel.
Dieter entró con un niño, de unos siete años, desaliñado, sucio, escuálido, hambriento. Temblaba visiblemente, y su cara semita era una expresión de horror y pánico absolutos.
Con un gesto de la mano, el Coronel despidió a Dieter. Hombre y niño se quedaron solos.
-¿Cómo te llamas, pequeñín?


Dulce niño al día, verás la línea.
La línea que está dibujada entre el bien y el mal.
Mira al hombre ciego disparando al mundo.
Balas volando causando bajas.
Si has sido malo, Señor, sé que lo has sido,
y no has sido golpeado por la metralla,
deberías cerrar los ojos, agachar la cabeza,
y esperar el retroceso del arma.
(Child in Time, Deep Purple)


Los soldados rusos entraron sin resistencia en el campo de prisioneros. El hedor a podredumbre, suciedad, muerte e insalubridad era asfixiante. Una serie de barracones putrefactos y carcomidos se erigían sobre un terreno arcilloso lleno de moscas. Las marcas en el barro de las ruedas de los Opelblitz revelaban que los guardias habían huido.
No sin antes haber cometido un crimen horrible. Por doquier yacían esparcidos cadáveres escuálidos. Iban vestidos con unos decrépitos pijamas de rayas. Los habían fusilado. Niños, ancianos, mujeres... Era un espectáculo dantesco e infernal. Un hogar paradisíaco para cualquier demonio.
-¿Qué lugar de pesadilla es este? –un soldado ruso, con rasgos asiáticos muy marcados, se dirigió a su compañero- ¿Otro campo de muerte de los nazis? ¿Cuántos llevamos ya? Malditos asesinos.
-Esto es monstruoso, Valeri. Me estoy mareando.
Un oficial soviético daba órdenes de manera histérica. Varios soldados entraron en barracones. Los de los prisioneros estaban repletos de cadáveres. Los de los guardias estaban vacíos. Valeri y Dimitri se dirigieron hacia un edificio de dos plantas construido de ladrillo, oscuro y tétrico. Entraron tumbando la puerta. Desde el vestíbulo vieron una escalera que subía al piso superior. En la planta baja habían varias puertas, una de ellas de madera noble, entreabierta. Optaron por entrar primero en esta última. La estancia era ordenada, sobria y lujosa, amueblada con un estilo clásico de finales del siglo XIX. Daba un aire de estricta marcialidad. Un retrato del Führer era el único cuadro. Sonaba música clásica procedente de un fonógrafo situado junto a una maciza mesa. Tras ella, sentado en una silla de madera igualmente maciza, se hallaba un hombre con uniforme negro, de unos cincuenta años, rubio. Su semblante, duro y recio, se hallaba empapado por sangre que manaba de su sien. En su mano asía una pistola.
Entre ellos y el nazi había un niño. Un niño de unos siete años, desaliñado, sucio, escuálido, hambriento. Les miraba con grandes ojos de un azul vivísimo, y una sonrisa cruzaba su faz.
-Será mejor que avisemos al Capitán, Valeri.
El rudo soldado siberiano asintió.


Jinetes bajo la tormenta
Jinetes bajo la tormenta
Dentro de esta casa nacemos
Dentro de este mundo somos lanzados
Como un perro sin un hueso
Como un actor con deudas
Jinetes bajo la tormenta
(Riders on the Storm, The Doors)


Los dos hombres estaban sentados en la colina, rodeados por algunos esporádicos cedros. Al fondo, en el valle, una ciudad grande y populosa, bañada por el mar azul recibía los últimos rayos de sol de la tarde. Se distinguía perfectamente el casco antiguo de la urbe, edificado junto a la orilla, con casas grises y blancas resistentes, muchas de adobe, formando un conglomerado laberíntico. Algunos edificios eran más grandes. Antiguos palacios y mezquitas, con sus minaretes. Se diferenciaba perfectamente de los barrios modernos, construidos de ladrillo, sin personalidad, más sucios, más occidentales. Columnas de humo negro surgían de distintos puntos de la ciudad. Muchas casas y bloques de pisos habían sido ya derribados, desde hacía días.
En la colina, el lejano ruido de las sirenas y explosiones ocasionadas por obuses y cohetes rompía la serenidad del apacible atardecer. Los dos soldados israelís ya estaban acostumbrados.
Tucholski encendió un cigarrillo. Tendió el paquete hacia su compañero, Ash. Este último rechazó la oferta.
-No, gracias. Sabes que no fumo. Y tú no deberías. Es pecado.
Abraham Tucholski soltó una enorme y pecaminosa nube de humo.
-Amigo mío. –contestó, sonriendo- Él –señaló con el índice al cielo- nunca dijo que fumar fuera pecado.
Yisroel Ash no tardó ni un instante en aceptar el reto.
-De acuerdo. Nuestros ancestros no conocieron el tabaco. Pero la degradación moral y los pecados persisten y evolucionan con la sociedad. A nuevas tecnologías nuevos vicios. Y con ellos, nuevos pecados.
Ambos se miraron. Una forzada expresión de duda en la faz de Tucholski animó a Ash a seguir, como si el razonamiento no hubiera sido del todo convincente. O satisfactorio.
-Está bien. Además recuerda que “Solamente cuídate y cuida mucho tu vida”, Deuteronomio 49.
Tucholski rió de buena gana.
-Tú no te cuidas, –prosiguió Ash- ni cuidas tu vida.
La réplica no tardó en llegar.
-No hay legislación judía al respecto. Los Sabios deploran el consumo desmedido de alcohol, pero permiten beber en festividades y bodas. ¿Correcto? –Ash asintió- El consumo moderado es aceptado. El justo debe saber abstenerse de arriesgarse banalmente en quebrantar su dignidad personal y moral. ¿De acuerdo? Con el tabaco, pasa lo mismo, mi querido amigo.
-No me convences, pervertido.
-Tampoco es que me quite el sueño –y exhaló otra enorme neblina de humo, moderada y justa.
Más abajo el bombardeo arreciaba. El sol empezaba a ocultarse, y los últimos rayos luz anaranjaron el mar y la ciudad. Los dos jóvenes quizás vieran esta noche castillos de fuegos artificales.
Abraham Tucholski encendió otro pitillo.
-Voy a fumarme otro, que está a punto de empezar el Sabbat. –su expresión se volvió sombría- Quizás esta noche, o mañana, o la semana que viene deje de pecar para siempre.
Yisroel Ash se acercó a su compañero.
-Creo que voy a fumarme uno.
Volutas de humo dieron la bienvenida a la noche.


No necesitamos ninguna educación
No necesitamos que controlen nuestros pensamientos
Ni sarcasmo oscuro en la clase
Profesores dejen a los niños en paz
¡Hey! ¡Profesores! ¡Dejen a los niños en paz!
En conjunto es solo, otro ladrillo en el muro.
En conjunto solo eres, otro ladrillo en el muro.
(Another Brick in the Wall, Pink Floyd)



-¡Vamos! ¡Os quiero en la tienda del Capitán en cinco minutos! –una enorme bola de pelos y músculos flácidos embutidos en un uniforme irrumpió en el improvisado barracón de campaña gritando como un energúmeno- ¡Arriba! ¡Levi! ¡Tucholski! ¡Tirosh! ¡Ash! ¡Arriba he dicho! ¡Cinco minutos! –era el Sargento Nati (Nathaniel) Lubavich, y salió por donde había entrado.
Los cuatro soldados se incorporaron, aturdidos aún por el sueño.
-¡Maldito bastardo! ¿Es que no tiene madre? –Levi, un joven menudo, extremadamente delgado, de piel olivácea, con el pelo rizado y la nariz bastante grande, se uniformaba entre maldiciones.
Sus compañeros le miraron mientras se vestían a toda prisa. Ninguno hizo el menor comentario, pero los gruñidos de malestar eran evidentes.
Shmuel Tirosh era corpulento, de cara afable, casi amistosa. Todo lo contrario de sus brazos, que no auguraban un trato amable. Asió con suma facilidad su fusil de asalto IMI Tavor TAR-21, el arma del siglo XXI, que sustituía a los “anticuados” IMI Galil y M16A1. Miró a sus compañeros y fue el primero en salir del barracón seguido por los ojos de Tucholski; éste, como su apellido delataba, debía haber tenido algún antepasado eslavo convertido al judaísmo o algo así, pues era de los pocos hebreos que tenía una piel pálida, pelo rubio y ojos verdes. Su mediana estatura, y su rocambolesca dentadura le alejaban definitivamente del menor atisbo de adonismo. Se estaba ajustando por la barbilla el casco de combate Mº Orlite 404, de Kevlar, esperando a sus compañeros. Mientras, Ash se pertrechaba el chaleco antibalas. Era moreno de pelo y tostado de piel, como Levi, pero bastante más alto y enclenque, si esto último era posible. Poseía una agilidad y velocidad endiabladas, lo cual le hizo pronto acreedor de una gran popularidad entre sus compañeros, quienes le llamaban cariñosamente “Correcaminos”.
Con un gesto de la cabeza, Tucholski salió del barracón, seguido por Levi y Ash. En menos de cinco minutos desde los gritos proferidos por el sargento estaban ante la tienda de campaña del Capitán Ovadia Chico, pertrechados con su equipo de asalto al completo.
La noche era cerrada, iluminándose la bóveda celestial a intervalos irregulares por las bombas y misiles que asolaban la ciudad de allá abajo. Los cazas israelíes rompían el cielo constantemente.
En la entrada de la tienda les esperaba el Teniente Jabad Yamin, quien había equipado su Tavor con un lanzagranadas M203 de 40mm. Junto a él se hallaban el Sargento Nati y Tirosh. Oficial y Suboficial portaban en el cinto sendas IMI Desert Eagle Jericho 981, versión mejorada de la mítica Desert Eagle, alcanzando el calibre 45 ACP. Aquella escenificación tenía toda la pinta de ser el preludio de una auténtica pesadilla de muerte y destrucción.
El capitán salió con su típico ademán seguro y autoritario. Provocaba un sentimiento de repulsión por la osadía y soberbia que emanaban de su ser. Había cruzado la cuarentena, y numerosas canas cubrían su enorme cabeza. Los hombres se pusieron firmes. Ovadia miró al comando con aire de suficiencia y satisfacción. Acto seguido, apartó la tela que cubría la entrada a su tienda personal.
Surgieron dos hombres. Chico los presentó. Uno de ellos lucía galones de Coronel. Los soldados se quedaron estupefactos. Era Ariel Shimon. Un Héroe Nacional. Superviviente del Holocausto, había participado activamente en las guerras contra Egipto en 1956, en la de los seis días en 1967, en la del Yon Kippur en 1973 y en la invasión del Líbano en 1983. Había sido tan meteórico su ascenso en el Ejército que prácticamente era objeto de estudio en las escuelas judías. En el 89, ingresó en la Política más ultraortodoxa y conservadora promoviendo siempre la represión más dura contra los palestinos. Según la prensa, se había retirado hacía dos años del Ejército y la Política. ¿Qué hacía allí Shimon? Los soldados estaban alucinados. El otro hombre era Almagor Yseraf, Teniente y Ayudante del Coronel. O sea, Escolta y Guardaespaldas, dicho de una manera menos intimidatoria.
-Buenas noches. –el Coronel saludó a los hombres allí reunidos con una voz grave. De una notable envergadura, el peso de la edad ya hacía acto de presencia en Shimon. El pelo blanco, con notables entradas en la parte alta de la frente. Arrugas profundas que daban a la piel curtida por el sol el aspecto de cuero seco. Bajo unas pobladas cejas grises se movían brillantes e inquietos unos gastados ojos azules.
Tras un estudiado silencio, roto por los cazas y los cañones autopropulsados, prosiguió.
-Se preguntarán, y con razón, qué hacen aquí. Tengo entendido que son lo mejor del S13. ¿Capitán? –la mirada penetró con fuerza en Chico.
Ovadia obedeció la orden y se giró hacia sus hombres.
-A finales de Julio, durante el primer ataque de la aviación a Sidón –señaló a la ciudad-, un misil impactó en una mezquita del barrio antiguo. Los satélites espías han revelado una creciente actividad en la misma. No la reconstruyen, por tanto pensamos que no son civiles. Más bien creemos que son terroristas de Hezbollah, que la utilizan como nuevo cuartel general.
Con un gesto de la mano, Shimon hizo callar al Capitán.
-No es exactamente un cuartel general. –corrigió- Es el refugio de Drís Yahouad.
Aquel nombre les heló y calentó la sangre por igual. El cabecilla más sanguinario de los terroristas islámicos. La pieza más deseada.
-Estamos concentrando una importante ofensiva en los barrios periféricos del norte. La aviación y artillería los machacará un buen rato más. Después los blindados entrarán en la ciudad, seguidos de la infantería. Los terroristas morderán el señuelo y saldrán de sus agujeros para enfrentarse a los Merkava Mk3, que los destrozarán sin piedad. Esta maniobra dispersiva nos facilitará llegar al refugio de Yahouad sin encuentros con milicias terroristas.
Hizo otra pausa.
-Esta noche, señores, –prosiguió- le daremos caza. Le traeremos aquí vivo o muerto. –enfatizó con una cruel sonrisa la última palabra como si fuera su opción preferida.


Veo dentro de mi y veo que mi corazón es negro
Veo mi puerta roja y ha sido pintada de negro
Quizá entonces desapareceré y no tendré que enfrentar los hechos
No es fácil enfrentarte cuando todo tu mundo es negro
(Paint it Black, The Rolling Stones)


Los cascotes crujían bajo nueve pares de botas que caminaban con cautela. Nueve sombras desplegadas en abanico caminaban por las calles viejas de Sidón, buscando protección entre las ruinas. A la luz tenue de las pocas farolas que quedaban en pie, tenían el tétrico aspecto de cosmonautas armados con láseres, procedentes del espacio exterior.
El paisaje era desalentador. Edificios derruidos, ladrillos rotos, adoquines pulverizados, asfalto levantado como cáscaras de plátano, hierros retorcidos como alambre de espino. Numerosos cadáveres, algunos destrozados, yacían esparcidos entre los escombros. No había nadie en las calles. Seguramente estarían refugiados en sótanos y cuevas, a salvo de la carnicería que se estaba produciendo a unos centenares de metros de allí.
Y aquel olor. Un hedor repugnante a carne y goma quemadas, mezcladas en el aire, que hería los pulmones y asqueaba las vísceras de los vivos.
Tucholski sentía que todos se hacían la misma pregunta pero nadie se atrevía a hacerla. ¿Qué hace aquí el Coronel? Es demasiado mayor para una misión tan arriesgada y selectiva. El soldado dudaba seriamente de su eficacia en combate.
Ash le miró de reojo y Tucholski se encogió de hombros señalando con la cabeza a Shimon. Yisroel le respondió con otro encogimiento de hombros, pero conociendo a su amigo, le pidió calma con la mano.
Cruzaron una calle principal hasta tener la mezquita a la vista. Estaba en muy mal estado. Un lateral se había desmoronado, y el minarete ahora era un montón de ladrillos de adobe, diseminados por la entrada delantera. Solamente la cúpula parecía no haber sufrido daño alguno, y se erigía aún, majestuosa, desafiando al poder de los hijos de David.
El Coronel alzó la mano y los hombres se detuvieron, agachándose. El Capitán Chico sacó unos binoculares de visión nocturna. Se los ajustó y miró hacia donde parecía observar el veterano de guerra.
Tras unos instantes, Shimon se giró y dio unas claras órdenes gesticulando con las manos. El comando se dividió en dos grupos.
¡No me fastidies! ¿Por qué siempre me toca ir con el gordo peludo y con el cabezón sefardí? Tucholski se lamentaba meneando la cabeza discretamente al conocer que tenía que ir en el grupo del Sargento Lubavich y del Capitán Chico, junto a Levi.
Tucholski y Lubavich avanzaron sigilosamente entre las ruinas, cubiertos por el Capitán y por Levi. Cubrieron sin problemas un flanco del derrumbe ocasionado en la pared sur de la mezquita. Al no divisar a nadie en su interior, el sargento hizo señas a Chico, que avanzó seguido de Levi.
Por el otro flanco del enorme boquete el resto de soldados repitió la acción de sus compañeros. Ash y Yamin como avanzadilla, Shimon, Yseraf y Tirosh como retaguardia.
Un gesto del Coronel y en un instante los nueve hombres se hallaban en el interior de la mezquita, totalemente carente de presencia humana. El aspecto era desolador. La luz que se filtraba del exterior por la abertura era tenue, pero suficiente para evitar el uso de linternas que delatasen su presencia. Restos de cascotes yacían esparcidos por el suelo, austero, formado por losas de piedra pulida. Se hallaban en una gran sala, con un gran número de columnas lisas unidas por arcos de ladrillos rojos y blancos. Muchas se habían venido abajo. Otras tenían impactos causados por la onda expansiva de la explosión. Por encima de ellos, la cúpula continuaba intacta, altiva; adornada en su totalidad por cenefas interminables de maravillosas formas geométricas.
Se desplegaron nuevamente por toda la estancia. Ash descubrió una pequeña puerta de madera que daba paso a un patio anexo al edificio. En el patio, cuadrado, rodeado por un muro alto, crecían un buen número de plantas y árboles autóctonos, como el cedro y las parras. En el centro había una fuente, de la cual manaba un chorro de agua cristalina, a la luz de la luna y estrellas. Las explosiones del arrabal continuaban, iluminando aquel cielo como los rayos de una tormenta.
Levi divisó hacia el final de la gran sala un recoveco. Daba paso a otra sala, más pequeña donde casi no entraba la luz. Supuso que debía ser donde rezaban las mujeres, apartadas de los varones. Ya se disponía a avisar a sus compañeros para inspeccionar el hallazgo cuando pudo ver con claridad cómo el Coronel Shimon abandonó el prudencial sigilo para dar cuatro zancadas largas y pesadas, rápidas y decididas, seguido por el Teniente Yseraf hasta una columna.
-¡Eh! ¡Aquí! –ordenó, con una voz casi gutural.
Los hombres se acercaron saliendo de las sombras. Tucholski estaba sumamente extrañado, como todos. ¿Qué hace? ¡Todo Sidón va a enterarse de que estamos aquí!
-¡Capitán, que sus hombres empujen esta columna! –Shimon dibujó con sus manos el movimiento. Sus ojos refulgían ansiedad.- ¡Vamos! –apremió, impacientemente.
A una orden de Chico, Tirosh y Tucholski empujaron la columna. No era gruesa, al igual que el resto. Era lisa y fría, como las demás. No tenía nada de especial. Pero, para sorpresa de casi todos, empezó a moverse, deslizándose suavemente.
Un click metálico fue perfectamente audible por todos. Una de las losas del suelo se movió, dejando a la vista de todos unos gastados escalones que bajaban a una profundidad de oscuridad impenetrable.


Ahora el sol ha ido al infierno
Y la luna sube a lo alto
Dame tu despedida
Todo hombre tiene que morir
Pero está escrito en las estrellas
Y en cada línea de tu palma
Nosotros somos tontos en hacer la guerra
En nuestros hermanos de guerra
(Brothers in Arms, Dire Straits)


Tucholski sintió un escalofrío que le heló el espinazo. La oscuridad que emanaba aquella abertura a los infiernos subía hacia él, fría e irreal. Podía sentir cómo la no-luz se apoderaba de sus miembros entumecidos, subiendo por sus extremidades paralizadas, para arrebatarle el alma. Una sensación de angustia primigenia, de ancestral ahogo le invadía sin poder hacer nada para evitarlo. El Terror más irracional se estaba apoderando de él. Afortunadamente, el instinto de supervivencia del ser humano le permitió reunir la suficiente fuerza mental y física para dar un paso atrás.
Como Ash, Levi, Chico, Yamin y Lubavich, que también retrocedieron. Todos sudaban.
Tirosh, aparentemente impasible, pasó su mirada del suelo al Coronel.
-¿Qué significa ésto?
El viejo oficial se permitió una pequeña sonrisa.
-Es solo un agujero. Como cada agujero donde se esconde un terrorista. –Shimon miró a los ojos de Tirosh. -¿Acaso tienes miedo?
El corpulento soldado dudó.
-¡Mírame a los ojos y dime! –ordenó el Coronel- ¿Acaso tienes miedo, soldado?
Tirosh le mantuvo la mirada unos segundos. Finalmente los bajó de nuevo al suelo. Encendió su linterna, acoplada al Tar-21, y respondió.
-¡Yo no tengo miedo, Señor! –y de un salto despareció escalones abajo.
No fue necesaria ninguna orden. Los hombres se obligaron a bajar uno a uno con sus linternas encendidas, conteniendo al pánico gracias a un sentimiento difícil de encontrar en nuestro interior; escaso pero poderoso: la camaradería. O quizás la estupidez.
Bajaron con el máximo sigilo y cautela que les permitía aquel hueco descendente, liso y estrecho, casi opresivo. Cerraban la formación Shimon, Yseraf y, por último, Ash.
El túnel escalonado, extrañamente, tenía el aire poco viciado, aunque el polvo de la piedra que flotaba en suspensión, era molesto y les producía picores en la nariz. Andaron durante varios minutos que parecieron horas, hasta llegar por fin a una sala grande, de techo bajo. Allí estaba Tirosh inspeccionando la zona con su linterna. La estancia era rectangular, iluminada por antorchas encendidas colocadas en columnas de piedra gruesas distribuidas en dos hileras que dividían el espacio en una nave central y dos laterales. Por donde habían bajado había un dintel en el marco con inscripciones cuneiformes muy antiguas. Las columnas, paredes y suelo estaban repletas de aquella escritura que no conocían, pero que en absoluto era árabe. Al fondo de la cámara había un estrado de piedra, y sobre él, un enorme altar de piedra, de más de dos metros de largo. Y tras él, de pie, había un hombre con un atuendo de color púrpura. Los pliegues de la delicada túnica ocultaban sus manos. Sus rasgos árabes eran evidentes, con una engañosa barba pelirroja. Tenía la cabeza cubierta por unas telas que le daban un cierto aire persa.
Los soldados estaban boquiabiertos, totalmente alelados. Permanecían inmóviles, como estatuas de piedra, hipnotizados por aquél hombre.
El Coronel Ariel Shimon dio un paso al frente, con una sonrisa burlona. El Teniente Almagor Yseraf se colocó justo detrás de él.
El hombre de la barba pelirroja dijo algo en un idioma consonántico que ninguno de los soldados entendió. Hablaba con Shimon, quien sí parecía entenderle, pues le respondió en aquel idioma, aunque el tono de su voz era más chirriante y pastoso.
-hhrsm syr msdll bn nnpsn wnkn bn sy.
-mngy bn wrskn.
-hnbm sbnm brs bn bdstrt.
-Increíble que aún lo custodies. Hnskm sbrzl spt bn bii wppy bn bby.
Continuó la dialéctica durante un rato hasta que el hombre de púrpura gesticuló con los brazos dejando sus manos a la vista. Dos bolas de luz surgieron de sus palmas.
Shimon borró su sonrisa, apartándose como un rayo. Las bolas impactaron en Yseraf, que salió despedido unos metros, produciéndose un estallido de luz azul.
En ese mismo instante, varias figuras surgieron de entre las sombras, lanzándose con gritos hacia los soldados, armados con cimitarras. Vestían túnicas con capuchas muy parecidas aunque de un púrpura más mate. Todos lucían lustrosas barbas pelirrojas.
Tan rápido fue el ataque que se produjo una confusa melée. Tucholski pudo evitar el cuerpo a cuerpo en un primer instante al vaciar el cargador de su fusil de asalto contra un asaltante, que cayó a su lado, al tiempo que esquivaba el golpe de un segundo encapuchado.
Levi no tuvo tanta suerte. Sintió el acero frío que le rajaba la espalda oblicuamente con un poderoso tajo al mismo tiempo que una sombra le cercenaba la mano por el antebrazo, que cayó al suelo esgrimiendo el fusil de asalto. Con un grito de muerte, Jadash Levi se desplomó.
Tucholski aprovechó el envite del guerrero pelirrojo para apartarlo de una patada; solo para girarse y utilizar el TAR-21 como escudo frente a otro encapuchado, que estrelló la hoja contra el arma del judío.
El enorme Tirosh se defendía disparando a los asaltantes. Dos o tres cuerpos yacían a sus pies. Cuando el cuerpo a cuerpo fue inevitable barría el aire con su TAR-21, a modo de bate, golpeando a todo el que se le acercaba. Alzado como una torre sobre varios encapuchados, acabó cediendo a los certeros golpes de sus numerosos contrincantes, derribándose estrepitósamente.
Tucholski vio rodar la cabeza del Sargento Lubavich hasta los pies del Teniente Yamin. Enzarzado con tres enemigos, el Teniente disparó el lanzagranadas M203, fuera por error o por desesperación, provocando una explosión terrible en la milenaria sala. Cientos de piedras y cascotes cayeron. Cedió una columna y parte de la sala se vino abajo. Un enorme bloque golpeó el hombro de Tucholski, que cayó al suelo cubierto de cascotes y tierra, con una terrible conmoción. Paralizado por el dolor y totalmente incapacitado para moverse, vio la escena girar alrededor suyo a cámara lenta, tras la espesa nube de polvo y arena causada por el lanzagranadas. Los restos de Yamin, junto al de varios encapuchados, yacían dispersos por el suelo, junto a la cabeza del orondo Sargento, que ahora le miraba fijamente con una expresión de sorpresa aguda. Unos metros más allá, Tirosh estaba tirado sobre unos cuantos cuerpos, amontonados bajo él. Y junto a una columna vio a Levi, sin mano y sin vida, cubierto de sangre por la herida de la espalda.
La onda expansiva del M203 había sido terrible. Tras unos segundos de quietud, algunos guerreros pelirrojos se irguieron, tullidos, entre lamentos. Otros se retorcían en el suelo, con algún hueso roto. Shimon surgió de repente de la nada, y se dirigió al altar de piedra con pasos decididos, seguido de su guardaespaldas, Yseraf. ¿Pero no estaba muerto? Yo mismo vi aquella luz impactar en su cuerpo. Pero el Teniente no era exactamente el mismo. Algo raro había en él. Se bamboleaba como un chimpancé, con una sonrisa desencajada. Sus brazos se habían alargado más allá de las mangas del uniforme, volviéndose extremadamente peludos, acabados en unas manos nudosas, con uñas sucias y largas.
El engendro se divertía rematando con sus garras a aquellos infelices que estaban malheridos, olfateando los cadáveres y gruñendo de satisfacción.
-Vamos, Bossheth, no te entretengas. -El Coronel habló a su lacayo sin girarse.
Dos encapuchados surgieron frente a Shimon, cerrándole el paso. Éste, sin detenerse, alzó el brazo, invocando unas palabras chasqueantes. Al instante, una pesada espada de hoja negra envuelta en llamas apareció en su mano. Con un giro de muñeca hendió el arma en la cabeza de uno de los hombres. Con la otra mano, a una velocidad endiablada, asió al muñeca del otro contrincante, retorciéndosela sin piedad hasta oír el crujido de los huesos del antebrazo. El infeliz cayó postrado a los pies de Shimon, quien liberó la hoja de la cabeza del otro pelirrojo. Colocó la punta de la espada en el cuello del hombre que estaba a sus pies, mirando desafiante al sacerdote púrpura junto al altar.
-Estoy harto de estos semitas.- Con una sonrisa cruel hundió la negra hoja en la garganta de aquel desgraciado.
El sacerdote con aire persa, horripilado, gesticuló de nuevo con los brazos, formándose alrededor de él un débil torbellino rojizo.
-No te dejaré usar más tus burdos trucos.- Shimon cambió el arma de mano y alzó la palma hacia el sacerdote pelirrojo. Una bola de no-luz negra se formó en la misma. Aquella esfera, del tamaño de una pelota de tenis, parecía tragarse la luz y los colores de la estancia, haciéndose más grande, envuelta en chispazos de descarga eléctrica.
Bossheth se acercaba ya, dando grandes zancadas, arrastrando los nudillos por el suelo de cuán largos eran sus brazos. De repente se detuvo y saltó a un lado, sacando de las sombras al Capitán Ovadia Chico. El oficial estaba tiritando de puro miedo, incapaz de moverse. El horrible ser peludo lo alzó del suelo sin dificultad, y mostrando sus pestilentes fauces, devoró con fruicción el cuello de Chico.
-¡Déjale, demonio! –el grito provenía de un montón de piedras, cascotes y arena. Una ráfaga de disparos siguió a la maldición.
Bossheth se retorció de dolor, dejando caer a su presa al suelo. Se giró hacia el origen de los disparos. Otra ráfaga impactó de lleno en sus piernas. Por fin divisó al soldado israelí, entre escombros, cambiando el cargador del TAR-21.
-¡Hijo de Puta, Cabrón malnacido! ¡Chúpate esta!- Ash vació otro cargador sobre el ser antropoide, que se acercaba cojeando esgrimiendo unas poderosas garras. Otro cargador. El ser empezaba a flaquear, pero Ash lo tenía encima, tanto que seguramente podía notar el olor nauseabundo que surgía de los jirones de carne hilachados que colgaban entre sus colmillos, perfectamente visibles. Hedor de muerte. Otro cargador, a bocajarro. Y el monstruo se derrumbó como un muñeco de trapo a su lado.
Ash sopló. Había estado aturdido después de la explosión y recobró el sentido justo para ver cómo aquella cosa mataba al Capitán. Tucholski vio cómo empezó a mover las piedras que cubrían sus piernas, comprobando que afortunadamente no tenía nada roto.
Mientras, la luz roja que rodeaba al sacerdote se hacía más notoria, envolviendo por completo su figura. Acto seguido alzó los brazos, gritando unas palabras incomprensibles.
Shimon, visiblemente agotado por el esfuerzo de su conjuro sobre la bola de no-luz, lanzó la esfera contra el sacerdote justo antes de que surgieran bajo suyo, desde la misma piedra, haces de luces como lanzas, ensartando su cuerpo. La pureza de la Luz debió ser infinitamente más dolorosa para Shimon que las laceraciones. Su carne mortal se estaba quemando. Soltó la espada.
La protección del sacerdote no detuvo la bola de no-luz, quebrándose con un sonido roto y apagado. El impacto fue brutal, y el pelirrojo cayó inerte lejos del altar, envuelto por volutas de humo.
Los haces de luz que brotaban del suelo desaparecieron. Ariel Shimon, liberado, se acercó al bloque de piedra lisa, sangrando abundantemente y muy maltrecho. La examinó de arriba a abajo, buscando con sus dedos algo. Después de unos segundos esbozó una gran sonrisa. Se oyó un resorte y la parte superior del altar se movió. Ávidamente, sin esperar, Shimon cogió algo del interior y lo alzó, riendo como un poseso. Era un libro grande y pesado, encuadernado bellamente.
-No sé quién eres, pero ha llegado tu fin. -Ash estaba junto a Shimon, apuntándole con su fusil de asalto.
Shimon, entre jadeos y sudando sangre, apretó fuertemente el libro contra su pecho, y miró a Ash con aquellos ojos azules.
Justo entonces Tucholski perdió el conocimiento y se sumió en la oscuridad.



Y ahora sé cómo se sintió Juana de Arco.
Ahora sé cómo se sintió Juana de Arco
conforme las llamas ascendían hacia su nariz romana
y su walkman se empezaba a derretir.
(Bigmouth Strikes Again, The Smiths)


Cuando Tucholski recobró la consciencia lo primero que percibió fue silencio. Lo segundo fue oscuridad casi total. Algunas antorchas agonizantes todavía daban algo de luz. Al incorporarse sintió un dolor afilado. Gritó. Todo su cuerpo estaba magullado. Se tanteó las piernas. No tenía nada roto. Se obligó a moverse, acostumbrándose al dolor. Su linterna no estaba rota y alumbró la estancia. Los restos de la batalla eran elocuentes. Todo había sucedido rápido y brutal. Los cuerpos de sus compañeros y de los extraños asaltantes yacían por todos lados, algunos en posiciones retorcidas. La entrada ahora estaba bloqueada por enormes piedras. Mierda. Una sensación de claustrofobia recorrió su espalda, erizándole el vello de la nuca. Dio media vuelta y se dirigió hacia el altar, iluminando todos los recovecos con la linterna. Encontró el cuerpo de aquel horrible ser simiesco y peludo, llamado otrora Yseraf, muerto, pudriéndose a una velocidad vertiginosa, supurando una bilis espesa de color verde por sus heridas.
Cuando llegó al estrado se quedó petrificado. Allí, en el suelo, con los ojos sin vida y la boca desencajada, yacía el cuerpo del Coronel Ariel Shimon. El altar, abierto, estaba vacío. Miró alrededor, pero no encontró el menor rastro del libro ni de Ash. Gritó el nombre de su compañero y amigo por toda la cámara sin resultado.
Sintió un tirón en el pantalón. Se giró apuntando con su arma. Una figura chamuscada, vestida con túnica y luciendo una barba pelirroja le miraba desde el suelo, suplicante. Débiles volutas de humo surgían de su cuerpo. Temblaba visiblemente. Tucholski miró sus ojos y sintió una misericordia infinita. El sacerdote abrió la boca para decir algo, tan débilmente, que el soldado tuvo que acercar su oído a aquel hombre extraño. Solo pudo acertar a oír unas palabras.
-U...uttuki...E..Exhaeneton..Ut..uttuk...i...E...exh....aenet...o...n.. -el moribundo apretaba con fuerza el pantalón de Tucholski. Estaba llorando.
¿Uttuki? ¿Exhaeneton? ¿Qué quería decir aquel desgraciado? El pelirrojo se giró como pudo y señaló la pared. Dibujó en el aire con los dedos y la pared cedió, dando paso a una entrada oscura.
El sacerdote expiró. Tucholski apoyó su cabeza con suavidad en el pétreo suelo. Algo muy extraño había tenido lugar allí dentro. Poniendo las piezas del rompecabezas en su lugar, el joven soldado se introdujo en la apertura de la pared, armado con su linterna y su TAR-21.
Debía llevar horas en aquel túnel. Uttuki. Excavado en la piedra, era estrecho, pero al menos podía moverse erguido. Exhaeneton. Curiosamente, no sentía frío, ni humedad. El Coronel nos llevó directamente hacia la cámara. Curiosamente, no sentía claustrofobia. Sabía lo que había en el altar. Vino a por el libro. Curiosamente, no sentía miedo. Y su guardaespaldas era un monstruo. Bueno, un poquito de miedo. ¿Dónde está Ash? Bueno, realmente, mucho miedo.
Tras caminar lo que le pareció una eternidad, divisó una débil luz más adelante. Con el corazón animado, llegó al final del túnel. La luz se filtraba a través de una zarza que se encontraba en la entrada. Se protegió la cara con el antebrazo y salió. La zarza era más grande y espesa de lo que esperaba. Le estaba destrozando la ropa, y se enrrollaba en su cuerpo de una manera que cada vez era más difícil moverse. Tras largos minutos logró zafarse definitivamente. Tardó un poco en acostumbrarse a la luz del sol. El uniforme estaba completamente rasgado, y los zarzazos se habían adueñado de brazos y piernas. Desde el exterior nadie podía adivinar que tras aquella gigantesca y espesísima zarza se hallaba un túnel.
Estaba junto al mar, entre rocas, en un pequeño acantilado. A lo lejos, en el mar, pudo divisar dos barcos de guerra. El Líbano no tenía flota. Debían ser israelíes. Probablemente Fragatas Lanzamisiles Saar-5. A pesar de su efectividad, el Gobierno hablaba de sustituirlas por las modernas F-100 que España estaba construyendo en sus astilleros. Del norte provenía un intermitente ruido de explosiones. El asedio a Sidón debe seguir, pensó. Columnas de humo cubrían el cielo allá.
Tucholski escaló el pequeño acantilado. Arriba, varios platanales y huertos cítricos le servían de cobertura. Estaba en territorio hostil, no lo debía olvidar. Hacia el este, sentía un murmullo de gente. No se equivocaba. Ante sí, una carretera, inutilizada para el tráfico de vehículos por socavones producto de impactos de obuses y misiles, discurría de sur a norte, paralela al mar. De Tiro a Sidón. Una miríada de personas discurrían por la carretera con sus enseres. Colchones, comida, alguna silla... Tiro estaba siendo asediada y su población huía por la carretera hacia el norte. El ejército israelí, maniobrando en pinza, atacaba ahora a Sidón por el norte. Su población se dirigía hacia Tiro, en el sur. Aquella carretera milenaria albergaba en los 40 kilómetros que había entre las dos ciudades a decenas de miles de personas que huían al sur o al norte, agolpándose en una trampa sin salida. La mayoría eran mujeres, ancianos o niños, pues los hombres eran armados por el gobierno libanés o las milicias de Hezbollah para luchar contra el invasor.
Se oyó un silbido. El gentío empezó a correr de un lado para otro, sin sentido, chocando entre sí, asustados. El impacto fue certero. Una enorme bola de tierra y fuego lanzó a decenas de personas por los aires. La onda expansiva desmembró a más gente. Sobre Tucholski llovieron piedras, vísceras y sangre. El horror siguió al aturdimiento general. Los lamentos, gritos y llantos encogieron el corazón del soldado. Los cadáveres cubrían el suelo. Una madre, desgarrada de dolor, llevaba en los brazos a su niña, rota y muerta como un muñeco de trapo. El pánico y el caos se adueñaron del lugar como una sombra, cubriendo la escena como un tapiz de rojo y negro.Una estela de humo se dispersaba en la Fragata allá a lo lejos, en el mar. Un disparo certero. Tecnología punta. Tucholski caminó lejos de allí, sin rumbo. Sin sentido.

jueves, julio 27, 2006

Un cuento republicano

El fin de semana prometía ser tan enriquecedor y emotivo como había imaginado, pensaba Mar mientras contemplaba desde la orilla del Ebro cómo las casas de Miravet trepaban arracimadas por la colina, igual que si quisieran alcanzar el castillo que dominaba la apacible ribera soñando con historias de mil batallas, entre la mágica energía que habían buscado los templarios y que no había ayudado a los republicanos.
La joven inhaló una gran bocanada de aire puro. Se sentó en una roca, cerca del agua, dejándose envolver por los ecos de la historia y el misterio, con la pequeña Zoe, su hija de apenas dos años, acomodada sobre sus rodillas. Era una niña preciosa, tan inquieta como ella y con los expresivos ojos de su padre, aquellos con los que la había mirado sonriente poco antes de la manifestación altermundista donde había caído debido a un exceso de celo policial. Mar miró al cielo.
Lo hicimos bien, Cristian, después de todo. Es tan inteligente, tan especial... Pero aún no podía enfrentarse a sus recuerdos, así que dejó en en el suelo a la pequeña (que ya quería corretear de nuevo) y se concentró en las impresionantes vistas.
La mañana había sido muy agitada. Una plataforma de asociaciones republicanas (con las que colaboraba el Partido Comunista, donde militaba la joven) habían organizado unas jornadas para recordar a los que habían caído allí mismo, hacía ya casi siete décadas, luchando por la libertad frente al yugo fascista, defendiendo hasta la muerte sus ideales de libertad e igualdad. La última resistencia de la República frente al sublevado Franco se produjo en aquel lugar. Después...
Después el caos, la humillación, el olvido... Había llegado el momento de que recibieran su merecido homenaje. Había llegado la hora de hundir los intentos partidistas de desmemoria, últimamente tan vigentes en ciertos medios de comunicación.
Oriol y Roger, dos de sus compañeros, estaban patéticamente graciosos con sus uniformes de milicianos; con vocación de actores, quizá más bien de payasos, los dos jóvenes habían participado en una recreación del paso del Ebro, emulando la famosa foto de Capa. En ello estaban todos cuando los gritos de El Rubio, aficionado como siempre a meterse donde no le llamaban, les sacaron de su ensimismamiento guerrillero-teatral-histórico: por lo visto, había encontrado un obús oxidado muy bien enterrado en el lodo del río. Aquello, después de todo, no dejaba de ser bastante habitual; los campesinos de la zona acostumbraban a recoger patatas, zanahorias y obuses en la misma medida.
Antes de la comida, una paella improvisada servida grandes mesas montadas sobre la orilla, las lágrimas habían saltado de muchos ojos perfectamente bregados en las incidencias de una vida de lucha política, durante el acto en honor de los milicianos supervivientes y los brigadistas internacionales, que habían acudido desde los puntos más dispares del globo. Después, algunos de los organizadores decidieron echarse una siestecita en el campamento montado junto al río, para prepararse para las conferencias y proyecciones de aquella tarde y para la visita turística a los enclaves de la batalla del Ebro del día siguiente. Pero Mar, a quien la inactividad la aburría bastante, decidió coger a Zoe y hacer una excursión por la zona. Deseaba enseñarle a su hija las vibraciones de aquella comarca esotérica, sentir el mensaje que aquellas piedras milenarias podrían comunicar a su mente agotada por el exigente compromiso político y por los traumas del pasado... Se había distraído unos segundos en esos pensamientos y de pronto comprendió que había perdido a la niña de vista. Rápidamente, se levantó y oteó la zona, sin resultado.
–¿Zoe? ¡Zoe! ¿Dónde te has metido?
Silencio.
–¿Zoe? –gritó Mar otra vez.
Silencio de nuevo. La joven dio un salto y corrió arriba y abajo buscando a su hija, con el corazón a punto de saltársele por la boca.

–Mami, mami –Mar escuchó por fin aquella melodiosa voz infantil. Zoe estaba llorando.
–¡Zoe! Quédate quieta que ahora voy –el sonido procedía de unos matorrales cercanos al río que ocultaban un grupo de rocas. Vio un hueco pequeño entre las piedras y comprendió que, sin darse cuenta, se había alejado mucho del campamento. Entrevió a Zoe dentro, mirándola con expresión compungida–. Pero ¿cómo has podido meterte ahí, criatura?
–No lo sé –respondió la niña inocentemente–. Me he caído. Y me he hecho daño.
–Está bien, mi vida. Ahora te saco –Mar observó las rocas, que se apoyaban en una pared de la colina, de unos tres metros de altura. La grieta que medio ocultaban era suficiente ancha para que pudiera pasar una niña pequeña, pero no una mujer adulta, aunque fuera tan menuda como Mar. Afortunadamente, y a pesar del peso, pudo correr una de ellas lo suficiente para deslizarse por la abertura, sin más incidentes que un par de desgarros en la ropa. Una vez en el interior se precipitó a abrazar a la niña, no sin antes comprobar que no había sufrido más daños que un superficial arañazo en un brazo.
–Que sea la última vez que te escapas sin decirme nada. ¿Por qué tienes que ser tan curiosa? Un día te vas a hacer daño de verdad –la regañina era más cariñosa que autoritaria.
Entonces Mar se dio cuenta. La escasa luz que entraba por la abertura por la que había pasado iluminaba unas escaleras gastadas, esculpidas en la piedra, que descendían hasta quién sabía dónde. El corazón le dio un vuelco con la emoción del descubrimiento. Pero miró a la niña y decidió que no era el momento.
–Vámonos de aquí.
–¡No! ¡Quiero bajar!
–Ni hablar de eso. ¿Es que no has tenido bastante? Puede ser peligroso. En todo caso, ya vendremos mañana –mentía. Sí que pensaba ir, pero desde luego no con la niña.
-¡No! ¡Quiero ir ahora! –de un bote, Zoe se desasió de su madre y bajó ágilmente por los escalones, con Mar pisándole los talones mientras refunfuñaba que por qué, maldita sea, aquella niña tenía que parecerse tanto a su padre.
Las escaleras descendían en línea recta y la tenue luz del exterior llegaba hasta bastante adentro. El suelo estaba seco, aunque el olor a humedad flotaba por todas partes. De pronto, el pasillo dio un giro hacia la izquierda y la oscuridad fue total.
–¡Zoe! ¡Vuelve!
–Aquí hay luz, mami –la voz provenía de más abajo.
Efectivamente: Mar y la niña accedieron a una sala grande, excavada en la roca, con pilares que reforzaban una techumbre de madera. En las paredes habían unas cuantas lámparas parecidas a las de las minas. Aquello debía ser una especie de silo o almacén, con decenas de barriles cuyos rótulos rezaban que el contenido era grano, harina y frutos secos. Otros, al parecer, contenían pólvora. También había estanterías con fusiles, cajas con munición y granadas de fragmentación. Todo ello respiraba un aire arcaico, favorecido por la multitud de grotescas telarañas que colgaban por todas partes. Otros recipientes abiertos, dispuestos contra las paredes, contenían latas de conserva que por el aspecto debían haber caducado hace siglos. La estancia estaba dominaba por un inmenso cartel que presentaba el dibujo de un soldado con su fusil, un obrero con su llave inglesa y un campesino con su hoz. Tierra y Libertad, se leía bajo la imagen. Mar, que no daba crédito a sus ojos, sintió de repente cómo se le erizaba el vello de la nuca. Percibía una presencia.
–¡Alto! ¿Quién va? –la voz era grosera, grave y cascada.
Mar y Zoe se giraron lentamente, asustadas.
–¿Quiénes sois? ¡Ah, vaya, una mujer y una niña! ¿Qué demonios hacéis aquí? ¡Vamos, identificaos en nombre de la República, u os pego un tiro!
Un anciano de cerca de noventa años que había salido de un espacio entre las cajas, ataviado con un uniforme de miliciano raído y un casco republicano, sostenía con evidente dificultad un fusil; debido al parkinson que sin duda sufría, su puntería podía ser impredecible. Llevaba una barba larga, sucia, enredada y canosa, su piel era de una transparencia y una palidez extremas y sus ojos lechosos mostraban tremendas cataratas. Zoe se escondió detrás de su madre, aunque sin dejar de mirar al extraño sujeto. Mar intentó calmarse y optó por hablar.
–Me llamo Mar y ella es mi hija Zoe. No dispare, por favor, señor. No hemos venido aquí a hacerle daño. Hemos caído aquí por accidente.
–¿Por accidente? Nadie entra aquí por accidente. ¡Sois espías nacionales!
–¡Somos comunistas, viejo feo! –Zoe respondió frunciendo el ceño.
–¡Zoe! –Mar apartó con la mano a la pequeña para ocultarla totalmente detrás suyo. El anciano bajó el fusil, sin retirar el dedo del gatillo.
–¿Es cierto lo que dice la niña? La voz de la infancia es la voz de la verdad. Está bien, demostradlo.
A Mar, que no llevaba encima su carnet del partido, no se le ocurrió nada mejor y empezó a cantar La Internacional, con Zoe haciéndole coros en el estribillo. El viejo rió mostrando una castigada, casi inexistente ya, dentadura.
–Al menos sois divertidas. Sentaos –improvisó unas cajas vacías como taburetes para los tres. Sin soltar el fusil, les preguntó.
–¿Cómo va todo? ¿Marcha bien la batalla?
Mar se quedó completamente atónita.
–¿Qué batalla?
–¡Por Durruti, chiquilla! Ahí fuera están mis camaradas luchando por sus vidas para evitar que los nacionales tomen Cataluña.
Aquello sólo podía ser una broma pesada, decidió la joven.
–Señor, perdóneme, pero no hay ninguna batalla ahí fuera.
El viejo permaneció en silencio durante varios segundos, asimilando aquella información. Al final habló de nuevo.
–Ha pasado mucho tiempo, ¿no es así? En el fondo, lo sospechaba.
Ella contestó, dispuesta a desentrañar el misterio.
–¿Desde cuándo está aquí?
El viejo se encogió de hombros.
–La verdad, no lo sé. Me llamo Robert Harris. Pertenezco a la División 11, compuesta en su mayor parte por brigadistas internacionales. Mis camaradas. El capitán Eloy me encomendó vigilar este silo hasta su vuelta. ¡Y eso hago! Hay reservas de munición, armas y comida. Lo suficiente para vivir... ¿Que cuánto tiempo llevo aquí? No lo sé.
Mar no cabía en su estupor. ¿Era posible aquello? ¿Era posible que aquel hombre hubiera cumplido una orden tan celosamente durante setenta años? Con la mayor dulzura que pudo reunir, le explicó.
-Señor Harris, la guerra hace mucho que acabó –el anciano la miró con a los ojos, como presintiendo lo que vendría a continuación–. Y lamento decirle que la perdimos.
El hombre, abrumado, empezó a llorar desconsoladamente.
–Lo siento –dijo ella–. Pero es la verdad. Quizá no debía de habérselo dicho tan repentinamente...
Él, con un gesto de la mano, la mandó callar.
–¿Queda alguien vivo de mis camaradas?
–No lo sé. Pero podemos averiguarlo. Debería salir. Acompáñeme. ¿Sabe? Las nacionales ganaron y gobernaron durante mucho años, pero el franquismo ya acabó. Tenemos una democracia. También hay monarquía, pero muchos de nosotros estamos luchando para que eso acabe. Ahora gobierna un partido de izquierdas... bueno, más o menos de izquierdas. El mundo de ahora no es mejor que el que usted conoció, quizá incluso ha empeorado. Pero nosotros aún no nos hemos rendido.
El viejo soldado la escuchaba atentamente, meneando la cabeza.
–¿Salir? ¿Ir adónde? Niña, mi vida ha sido este agujero. Mi ilusión era ver a mis amigos bajar por esas escaleras –las lágrimas volvieron a asomar a sus ojos–. Mi esperanza era la Libertad, la victoria contra el fascismo. Y me dices que perdimos –hizo una pausa–. ¿Salir? ¿Después de tantos años? Nadie queda ahí fuera. Nada. Todo está aquí. Aquí siempre pervivió la República –sonrió–. No toda España fue fascista. Un silo republicano resistió. ¡Y resiste! –miró con un renovado fulgor a Mar, levantándose–. Y dices que seguís luchando. Que seguís luchando por la República. Que, a pesar de todo, aún no os habéis rendido...
Mar asintió, orgullosa.
–Ni nos rendiremos. Justamente hoy hemos venido a celebrar aquí un acto de homenaje a ustedes, a los que dieron la vida y la juventud por nuestras ideas. No dejaremos que sigan impidiéndonos recordar la verdad. No dejaremos que nos hagan callar y nos digan que la lucha por el género humano no tiene sentido... Señor, de verdad, debería venir conmigo. Se han reunido muchos camaradas de aquella época, tal vez conozca a alguien...
El hombre la la miraba con concentración, como si las palabras de la joven le estuvieran haciendo madurar alguna idea.
–Esa guerra que perdimos... No, quizá no la perdimos en realidad. O en cualquier caso la hemos ganado ahora, después de estos años que dices que han pasado. Si aún hay gente como tú y tus compañeros, sólo puede significar que, tras de este largo tiempo de batallas, al final ha llegado para nosotros el momento de la victoria.
Mar le escuchaba asombrada, viendo materializarse en las palabras del anciano algunos de los pensamientos que habían pasado por su cabeza desde aquella mañana. Él le hizo un gesto con la mano en dirección a la salida.
–Gracias, chiquilla, por darme el Parte. Ahora vete. Déjame solo con mis recuerdos, con mis sueños. Con esta nueva esperanza.
Las empujó suavemente hacia el recodo. Mar y Zoe se volvieron una vez más hacia él antes de salir definitivamente, y vieron su figura engrandecerse por efecto de las sombras, con el puño izquierdo alzado. Parecía que poco a poco su imagen se iba difuminando, pero la voz que empezó a entonar el ¡Anda jaleo, jaleo! persisitió aún durante unos instantes, hasta que se apagó por completo.

Suena la ametralladora
y Franco se va a a paseo,
y Franco se va a a paseo...

Mar y la niña se vieron solas de pronto, en el exterior. Ya no había ni sombra del guardián. Pero ¿realmente había existido alguna vez? La joven tomó a su hija, que parecía haber olvidado ya el episodio, de la mano, y juntas caminaron en dirección al campamento. El asfixiante sol de aquel mediodía de julio caminaba ya hacia el crepúsculo, y a lo lejos pudo oír las risas de sus compañeros, que hacían ya los preparativos para la tarde y la noche: Oriol y El Rubio transportaban la pantalla donde se proyectarían las películas, mientras Roger y Tony preparaban un enorme barreño de Agua de Valencia y Sara y Víctor aliñaban una ensalada gigantesca para la cena. ¿Les contaría su extraña aventura?, se preguntó. Quizás otro día. Y se unió a la alegría reinante, junto a la pequeña, inteligente y intrépida Zoe.
El futuro.

miércoles, julio 26, 2006

La creación de la bestia

El amorfo ser arrastró sus bulbosas extremidades hasta la mesa de operaciones donde su compañero Kay’th’all le miraba fijamente con sus tres ojos (el pobre había perdido dos con un paciente srlru’rg que resultó no ser tan paciente).
–Llega justo a tiempo, Doctor Neferu-ut. El proyecto está casi listo –la voz acuosa y chapoteante de Kay era dolorosa al oído.
–Fabuloso, Kay –más chapoteos.
Abrió el maletín que portaba con sumo cuidado y extrajo una jeringuilla llena de un asqueroso líquido verde podrido.
–Ahora solo falta la dosis del suero FX31 y el sujeto despertará a una nueva Vida.
Su ayudante inquirió, preocupado:
–¿Será totalmente operativo para la misión, doctor?
–Totalmente. O eso espero. Supongo que sufrirá algunos efectos secundarios, como subnormalidad o estupidez. Pero las reacciones elementales que buscamos están aseguradas: Odio, Violencia, Xenofobia, Androfobia, Misoginia, Crueldad...
–Es maravilloso, doctor. Tengo ganas de verlo en acción –una lagrimilla pastosa resbaló por lo que debería haber sido la mejilla de Kay.
–Sí. Y no necesita alimentarse para mantener su organismo. Solamente ingerir grandes cantidades de alcohol –dicho esto, Neferu inyectó la aguja en el cuello del experimento e introdujo en aquel ser todo el contenido del FX31. Ambos científicos se miraron entre sí y a la cobaya a la vez (pues para eso tenían varios ojos), y una sonrisa torcida cruzó sus caras cuando el organismo que se hallaba en la mesa de operaciones abrió los párpados.
–¿Q-q-q-q....u....ién? ¿Q-q-qu...ién so...so-soy?
–Eres una máquina de exterminio. Te llamaremos Bush –susurró Neferu.

martes, julio 25, 2006

Nieve roja

Noche. Día 1

Varios gritos de horror, angustia y agonía despertaron a Kayev. Saltó del camastro como un resorte. Estaba empapado de sudor hasta el punto de que la humedad en su velludo pecho brillaba al reflejo de la bombilla. Los otros tres componentes del estrecho habitáculo ya estaban incorporándose, sorprendidos. Los marineros cogieron sus invernales camisetas de rayas azules y blancas y sus anoraks forrados. Se vistieron mientras corrían hacia la procedencia de los alaridos.
de pronto, éstos cesaron. Ahora el único ruido era el de las pesadas botas, las maldiciones y los golpes entre las estrechas paredes de otros marineros que salían de sus camarotes o que se dirigían al lugar de donde provenían las angustiadas súplicas, hacia la popa del navío. Kayev era muy ágil. Se desenvolvía bien en los estrechos pasillos. Fue el primero en llegar. Se detuvo antes de entrar en el Camarote. Una luz parpadeante asomaba por la puerta. El suelo y las paredes de la entrada estaban salpicados de sangre. Otros marineros se agolpaban detrás suyo, intentando ver. Asió una tubería oxidada y la terminó de arrancar. Se acercó cautelosamente esgrimiendo aquella improvisada arma. Asomó lentamente su cabeza. Una bombilla parpadeaba, pendulando en la estrecha estancia, con una luz muy tenue. Se atrevió a dar un paso adentro. Entonces los vio. Kayev supo en lo más profundo de su alma que ya no volvería jamás la cordura perdida en ese instante. El olor a carne y sangre fresca entró en sus pulmones como un cuchillo afilado. Vomitó. Dejó caer la tubería de hierro y tambaleando salió de aquel matadero, apoyando su cuerpo en el pasillo exterior. El resto de marineros chocaron entre sí por entrar. Algunos vomitaron, otros profirieron exclamaciones. Pero todos estaban absolutamente lívidos. Kayev, recostado en el pasillo, percibió un ligero rastro de sangre. Pisadas, pensó. Iban en dirección contraria por la que había venido él, subiendo una pequeña escala que daba a la puerta de acceso a la cubierta de popa. La puerta se abrió, apareciendo el capitán Rossojaev (un curtido lobo de mar, con una barba tan blanca como ancha su cintura) acompañado de un joven oficial de Marina (Rustinov, enrolado en el Ejército Rojo hace poco, como la mayoría) y dos infantes de marina, armados con fusiles. Ante la pregunta de Rossojaev, Kayev se limitó a señalar el interior de la estancia. Los cuatro recién llegados entraron. El joven Rustinov salió arrojando la cena de la noche anterior. El capitán preguntó por el médico, dando órdenes a varios marineros para localizarlo. Acto seguido salió por donde había venido. Kayev acertó a oir que murmuraba algo como demonios, demonios del mar.

Primavera de 1942. Este invierno pasado los alemanes casi toman Moscú. La resolución de Stalin a no rendirse, los sacrificios en reservas humanas, y, sobretodo el invierno, hicieron retroceder al Ejército Nazi, provocándole unas pérdidas materiales y humanas cuantiosas e irrecuperables. Pero ahora empezaba el deshielo y la nueva ofensiva germana se preparaba. Era una guerra total, donde se explotan los máximos recursos. Porque el que pierda desaparecerá del mapa. El Voronezh es un rompehielos y carguero al mismo tiempo. Sus bodegas están llenas de carbón siberiano con destino al frente europeo, navegando por el Océano Ártico, bordeando la costa norte soviética. Normalmente se emplean auténticos convoyes, con los cargueros precedidos por los rompehielos. El Voronezh suele formar parte de ellos, pero en esta ocasión lleva unas jornadas de adelanto. Así, de paso, traza un camino en aquellas placas de hielo especialmente gruesas y resistentes. Este carguero tan peculiar es casi tan viejo como su capitán, Rossojaev, y tiene tantas muescas en el casco como este en su pipa. Su tripulación son 39 hombres (36 marineros entre caldereros, maquinistas, cocineros, etc, 2 ayudantes de abordo y 1 médico) más su capitán. Debido a la importancia de su carga para la guerra, también viajan a bordo varios militares. El Teniente Rustinov y 4 infantes de marina. Ahora se encuentran a unas 200 millas de la isla Vailach, y a cientos de kilómetros de Murmansk, puerto de destino. No hay nadie que emita sonidos humanos en días a la redonda. Están absolutamente solos.

Noche. Día 2
El camarote del capitán no era demasiado grande, aunque sí mucho más que los otros, donde se apretaban dos literas y un armario. Esta estancia, sin embargo, r5epresentaba todo un privilegio procedente de épocas zaristas, con espacio para una mesa, un mueble-estudio y un camastro. El olor a tabaco de pipa impregnaba el ambiente.
Tres hombres se sentaban alrededor de la mesa. El capitán, con su inseparable pipa, ocupaba buena parte de la mesa, grueso y barbudo. Un médico, con barba recortada y cuidada, bastante delgado y enjuto. Debía tener la misma edad del capitán, una tardía madurez. El más joven, bien afeitado, rubio y de ojos azules, uniformado y con galones, rompió el silencio.
-¿Puede repetir eso, doctor Vassili? –Rustinov reflejaba una palidez cadavérica. El médico se ajustó las finas lentes sobre el puente de su nariz. Miró fijamente al joven oficial y exhaló.
-Es bien sencillo. Saber de qué han muerto, quiero decir. Desgarros masivos. Cada uno de los cuatro marineros muertos muestra las mismas heridas, aunque de una manera distinta. ¿Quieren detalles?
-Sí, por favor –Rossojaev suplicó la respuesta, bebiendo de un trago el contenido de un vaso grande. Asió la botella de vodka y llenó de nuevo el vaso.
-Bien. Moschi Vaninov. Marinero. Un profundo desgarro en la caja torácica. El corazón está destrozado por completo. Las costillas están rotas y astilladas. Supongo que el arma debió ser algo parecido a una garra, si es que acaso no fue una garra. La “incisión” es totalmente recta. Supongo que el desgraciado estaba todavía durmiendo, ya que tenía los ojos cerrados. Quizás fue lo mejor. Estoy seguro que ni se enteró.
-¿Una garra? Pero ¿... cómo es posible? –preguntó Rustinov. El doctor le miró de nuevo.
-El desgarro muestra claramente marcas de zarpas, como las de un animal.
-¿Qué animal pudo hacer eso?
-¿Por esta zona? Solo hay focas, morsas... –Vassili torció su gesto con una mueca irónica-. Bueno, y osos polares. Pero no me explico cómo pudo llegar hasta al camarote. De todas maneras, no creo que fuera un oso blanco. Además, el agresor no dejó ni rastro.
-El marinero Kayev me comentó que vio marcas de pisadas en el suelo que se dirigían hacia la cubierta de popa. Sangre –intervino el capitán, rellenando de nuevo su vaso.
-Por favor, para ya. Eso va a destrozarte el hígado. ¡Llevas toda la mañana bebiendo!–advirtió el médico.
-No te preocupes. –el capitán apuró la botella y se levantó para coger otra de una caja que escondía debajo de su camastro. Vassili sopló-. Bien. Si hubo marcas ya no las hay. Demasiada gente en la zona. Cuando llegué había pisadas por todos lados. Si había alguna prueba que nos ayudara a identificar al supuesto animal desde luego quedaron alteradas o borradas –respondió el doctor.
-De todas maneras, mi viejo amigo, tú has escuchado las viejas historias de nuestros abuelos –al capitán le temblaba la voz-. ¿Quieren otra copa? –ante la negativa de los otros dos se sirvió solo-. Me lo traen de Kharkov. Ah, es divino.
-Pero sabes que son solo cuentos para asustar a los niños. Por amor de.... Lenin –el médico miró de soslayo al militar-, no me vengas con eso ahora.
-¿Cuentos de niños? Eso lo dirás tú –otra copa-.
-Pero ¿ se puede saber de qué hablan? –intervino Rustinov, con curiosidad. El capitán miró al doctor, sin hacerle caso.
-¡Ya lo decía mi abuelo! Pero tú, engreído matasanos, solo crees en los libros –el capitán palidecía, ya fuera por el temor o por el alcohol.
-Por favor. Me encargo de la seguridad de la carga y de la tripulación. Tengo que saber todo lo posible para actuar en consecuencia –rogó Rustinov.
El orondo capitán se encendió de nuevo la pipa. Dio unas cuantas chupadas fuertes, saboreando el tabaco, entre tragos largos de vodka. Se levantó a por otra botella, tambaleándose peligrosamente.
-Rosso, vete a dormir –el médico le miraba a él y a sus botellas, con expresión dispuesta a tirarlas todas por la borda a la mínima oportunidad-. ¡A la mierda! Ellos vienen del norte. Cuando tienen hambre. Son demonios –hizo una pausa, que aprovechó para dar unas caladas más a la pipa, y un par de tragos. Era evidente que desvariaba-. Y ahora ya no tienen comida. la hemos cazado toda. Y cada vez será pero. En los inviernos más fríos y duros se encontraban focas descuartizadas, incluso osos polares decapitados. A veces personas... Siempre nos respetaron si no nos metíamos en su territorio, pero ahora todo es diferente –un eructo. El vaso se escapó de su mano y rodó por la mesa. Rossojaev gruñó-. ¿Queréis?
Rustinov rechazó la botella. Vassili ni siquiera le contestó.
-Debería descansar un poco, señor. El doctor tiene razón.
-Cállese. No sabe de lo que está hablando -otro trago-. Eran sombras. Mataban de noche.
Se hizo de nuevo el silencio. El capitán, sin más, se tumbó en su camastro y cerró los ojos.
El joven teniente miró de nuevo al médico.
-Pobre, ha sido una jornada muy intensa. Para todos.
-Sí. Me preocupa. Es un buen hombre -respondió el médico.
Tras un breve silencio, el teniente volvió al tema.
-¿Los otros tres marineros murieron igual?
-Sí. Y no. Cada cuerpo tiene una particularidad que me ayuda reproducir la escena del “asalto” de una manera bastante fiable. Primero muere Moschi de la manera que les he comentado. Supongo que el ruido producido despierta a los demás –el doctor cogió sus notas-. Valeri Putianov. Marinero. Desgarro lacerado y profundo de derecha a izquierda en el tórax. Número de garras del zarpazo: cinco. Costillas astilladas, destrozadas y perforadas. Contusiones graves en la espalda. Omóplato derecho roto debido a un fuerte impacto. Creo que debido al garrazo salió despedido contra la pared, donde se hizo las contusiones y se rompió el omóplato. No tardó mucho en morir -el teniente le miraba totalmente alucinado-. Andrei Chekhov. Marinero. Cuello roto. Garras clavadas en frente, sienes y cuello. Su expresión era de un pánico alucinado que nunca antes había visto. La fuerza ejercida para romper el cuello del marinero tuvo que ser brutal... Este cadáver en particular descarta la opción del oso polar. El oso no utiliza sus brazos para asir una cabeza y girarla hasta romper el cuello de su víctima. Y por último, Sergei Lukhasenko. Zarpazos en ambos hombros como consecuencia de un intento de apresarle. ¿Para qué? Para facilitar al “agresor” el monstruoso mordisco con el que ha seccionado medio cuello y parte del tórax. He realizado mediciones. No hay marcas de incisivos. Solo colmillos. Su dentadura se compone de colmillos. Por tanto, debe ingerir la carne entera, sin masticar. El tamaño de las fauces no la puedo determinar con seguridad, pero no es la de un oso polar. Es sensiblemente mayor. No he encontrado los restos seccionados. El rictus de horror de la víctima es indescriptible. Jamás he visto nada igual.
El oficial Rustinov agachó la cabeza.
-Pero ¿...qué clase de bestia pudo hacer eso?
-Un demonio del mar -respondió Rossojaev, borracho, desde el camastro.

Rustinov había dispuesto todo para aquella noche. Ordenó a sus cuatro soldados que vigilaran por separado, en proa, popa, babor y estribor. Él mismo estaría en el puente de mando, pese a que apenas había dormido un par de horas al final de la tarde, antes de la reunión con el doctor y el capitán. Estaría acompañado por el Segundo de Abordo, Oleg Yachine, pues Rossojaev se encontraba indispuesto. A la mínima señal de algo, los infantes de marina debían disparar al aire para acudir todos al lugar en cuestión. La vida cotidiana en la tripulación del barco debería ser la misma, aunque suponía que pocos podrían dormir aquella noche. La luna, casi llena, se reflejaba tímidamente sobre la nieve ocasionalmente, cuando podía escaparse de los bancos de nubes. El único ruido de la noche llegaba desde las calderas del barco. La temperatura era infernalmente baja. Menos mal que iban todos bien equipados para este clima tan rudo.
Rustinov entró en el Puente de Mando.
-¿Café, teniente? –Oleg era sumamente amable.
-Sí, gracias –agradeció con una sincera sonrisa. Oleg era un marinero descomunal, quizás más de un metro noventa. Fornido y moreno. Una fea cicatriz surcaba su cara y partía su barba de días. -¿De dónde es usted?
La conversación empezó así y trascurrió durante un tiempo. Faltaban dos horas para el amanecer y Oleg y Rustinov hablaban ahora de León Tolstoi y su obra literaria desde un punto de vista filosófico y político. Ambos hombres salieron del Puente de Mando dialogando amenamente cuando, de pronto, Oleg enmudeció.
-¿Oye? El teniente prestó atención. No escuchaba nada.
-¿El qué? Todo es silencio.
-Justamente eso. No se oye nada. Ni siquiera las calderas. Deberían estar funcionando.
Fueron a la parte de atrás del Puente. El Voronezh no dejaba su típica estela producto de las poderosas hélices que removían el agua.
-Estamos parados. No nos movemos, Rustinov.
El joven oficial tragó saliva. De repente, un disparo. Un fogonazo de fusil. Un horrible grito de muerte. Frente a ellos, en popa. Rustinov saltó como un felino hacia allá, pistola en mano.
-¡Oleg, haga sonar la alarma!
Llegó casi al mismo tiempo que un soldado, armado con su fusil. Llamó al soldado de popa. No contestaba nadie. Varios marineros llegaron en tropel, poniéndose aquellos pesados anoraks. Entre ellos estaba Kayev.
-Mire –señalaba un fusil, partido, tirado en cubierta de popa-. Cojan palos, armas, lo que sea, y síganme –el teniente se dirigió hacia la sala de máquinas, donde estaban las calderas que daban impulso al barco. Restos de miembros humanos aparecieron por los estrechos pasillos, como un macabro sendero. Manos, antebrazos, chorreones de sangre, y otros restos indescriptibles les guiaron hasta una dantesca sala de máquinas . Varios cuerpos se hallaban totalmente descuartizados y troceados. Rustinov se mareó y vomitó, sin poder soportar el olor de aquella matanza.

Tarde. Día 3
Todo lo que quedaba de la tripulación se hallaba en el comedor del Voronezh. Dicha sala era la mayor del barco; disponía de tres mesas largas, orientadas ahora para que todo el mundo pudiera observar al médico, de pie, frente a ellos. Vassili y Rustinov habían discutido sobre la necesidad de informar a la tripulación de lo que sabían. El temor a un motín superó al temor de provocar el pánico en aquellos atemorizados hombres. Decidieron que si todos sabían lo mismo tendrían más posibilidades. Así que los reunieron en el comedor. Allí estaba la tripulación, vociferando y gritando enajenadamente. Los marineros, nerviosos, enmudecieron de su algarabía a un gesto de Vassili.
-Bien. El teniente Rustinov y yo hemos decidido que nos reunamos todos para enfrentarnos a lo que sea que nos está atacando.
-¿Qué clase de criatura es eso? –preguntó un marinero.
-Bien, vayamos por partes. No quiero asustaros, solo concienciaros de que nos enfrentamos a algo que no conocemos, pero que es letal.
-¿Y el capitán? –gritó otro.
-El capitán está... indispuesto –miró de soslayo a Rustinov.
Rossojaev parecía haber sucumbido a la locura al enterarse de lo sucedido. Se había encerrado en su camarote gritando que mataría a todo aquél que entrase. Habían oído el ruido de una pistola automática al cargarse tras la puerta.
-Estamos varados. No funcionan las máquinas. Anoche, esa cosa se entretuvo en destrozar todos los aparejos de navegación. No podemos repararlo aquí.
Un murmullo recorrió la sala.
-Pero estamos enviando SOS cada 15 minutos. No creo que tarden demasiado en venir a rescatarnos.
-¡Pueden pasar días! –gritó Kayev.
-¡Pues aguantaremos días! ¡Tenemos armas! ¡Varios fusiles! –Rustinov no pudo contenerse.
-¿Cuántos soldados le quedan, teniente? –acusó Kayev. Dos. Habían desaparecido dos. No había encontrado sus cuerpos. Sólo un fusil roto y sangre. El joven militar calló.
-Calma, calma. –intervino el doctor-. La situación es complicada, pero no crítica. Nos han pillado por sorpresa, pero ahora estamos preparados. Sin contar al capitán, somos veintisiete, más el teniente y dos soldados. Esa criatura volverá a atacar, pero ahora le estaremos esperando.
-¡Sí! –vociferaron algunos marineros.
Rustinov intentó recuperar algo de crédito proponiendo la estrategia.
-Descansaremos de día por turnos y vigilaremos de noche. Propongo cuatro grupos numerosos, uno en cada parte del barco. Cada grupo tendrá unos siete u ocho hombres armados. No tenemos focos potentes, pero los encenderemos todos. Además, esta noche debería ser luna llena. Si hay suerte y tenemos un cielo despejado, todo aquello que se acerque al barco lo tendremos que ver por fuerza.
-¡No podrán con nosotros! –la muchedumbre estaba enfebrecidamente alterada. Doctor y oficial se miraron, más tranquilos. Habían evitado hablar del tamaño de una pisada en la sangre del suelo bien nítida. El ser era bípedo, con garras. Y por el tamaño de la huella debía mediar entre dos metros y medio y tres metros de altura, con un peso entre doscientos cincuenta y trescientos kilos. La imaginación era peligrosa en aquellos momentos. Al menos habían conseguido cohesionar y unir al grupo.
Ahora todo quedaba en manos de D... perdón, de Lenin.

Noche. Día 3
Tenemos armas, tenemos armas. Maldito soldadito engreído. En su grupo habían dos fusiles para ocho hombres. Pero es igual, porque él llevaba su querida tubería de hierro oxidada. Kayev no tenía miedo. De hecho tenía verdaderas ganas de cazar a aquella bestia. Se imaginaba en las portadas del Izvestia o del Pravda. Héroe de la Patria, Kayev, el Cazador Heroico. Sonaba bien. La noche era absolutamente despejada. Ni una nube. Una maravillosa luna llena que proporcionaba una gran visibilidad. A pesar de ello, llevaban pesadas linternas, y los focos del barco barrían el perímetro del navío.
Entonces sucedió. Más pronto de lo que pensaba.
Una enorme sombra se apoyó en la barandilla de popa y saltó a cubierta, quedando a la vista de aquel grupo de hombres. Algunos profirieron alaridos infrahumanos, otros se quedaron paralizados de terror. Dos salieron corriendo, despavoridos. Se oyeron gritos; el resto de tripulantes venían a ayudarles.
Lo que ocurrió a partir de entonces fue confuso, demasiado rápido. Un enorme ser, de más de dos metros y medio avanzó erguido sobre sus cuartos traseros hacia ellos. Era una enorme masa de músculos, cubierto por una espesa mata de pelo. Sus extremidades acababan en garras poderosas. Su cabeza era un híbrido entre lobo, oso y humano, con unas fauces enormes, pobladas de colmillos blanquísimos y una lengua roja como la sangre que estaba acostumbrada a paladear. Los ojos eran asimismo rojos, llenos de rabia, odio y crueldad, casi humanos. Las orejas de lobo, erizadas en punta. Entre sus cuartos traseros, poderosos, se adivinaba una larga cola. En un instante llegó hasta ellos. Con un golpe de antebrazo sesgó el cuello de un hombre. Otro le disparó. El impacto solo pareció irritarle, y de un zarpazo le arrancó la cabeza del tronco, al tiempo que se giraba como un rayo, mordiendo la cara de otro, arrancándosela de cuajo. Kayev se arrastró hacia su costado, intentando flanquearle. No fue difícil. La criatura se centraba en abrir la caja torácica de otro infeliz. Kayev le propinó un tremendo “tuberazo” en el tendón trasero de la rodilla. La bestia aulló de dolor y dobló la pierna. Girándose asestó un manotazo a Kayev, quien salió despedido contra la barandilla, recibiendo un tremendo impacto. Intentó incorporarse pero no podía. Debía tener algo roto. Como mínimo estaba bastante aturdido. La maléfica criatura había triturado la cabeza de otro marinero y se giró hacia Kayev para rematarle. Una multitud de disparos, acompañados de fogonazos que iluminaron más la escena, impactaron en la bestia, que se retorció de dolor, aullando. Aquel ser se giró de cara a los marineros y soldados que acababan de llegar. Allí estaban Vassili y el engreído soldadito. Valor no se le podía negar. Literalmente, lo estaban acribillando. Le lanzaban cuchillos y objetos contundentes, entre chillidos de locura arcana. La bestia se abalanzó hacia ellos. Descuartizó a un joven marinero. Hincó una rodilla. Trituró el brazo de un infante de marina. Cayó. Entre gritos de victoria y triunfo le continuaron disparando y le clavaron cuchillos y otros objetos cortantes. Los hombres jadeaban, agotados y asustados. Kayev intentó incorporarse, sin éxito. El dolor le atenazaba cruelmente toda la espalda. De repente, oyó un ruido unos metros más allá, en la barandilla.
Otro ser accedió a cubierta. Y otro. Miró hacia el exterior. Bajo la luz de la luna, sobre el blanco manto de hielo pudo ver cómo decenas de sombras negras avanzaban hacia el Voronezh, subiendo por el casco utilizando sus garras. Cerró los ojos con fuerza, y perdió la consciencia.

Mediodía. Día 4
El sol bañaba el interior de la sala de Mmndos con sus cálidos rayos. En el puente había un telégrafo y en ese momento se recibía un mensaje.

Aquí el Vladivostok. Aquí el Vladivostok. SOS recibido. SOS recibido. ¿Nos reciben ustedes? Aquí el Vladivostok. Nos dirigimos a su ubicación. Nos dirigimos. ¿Nos reciben? Tres días. Tres días. Aquí el Vladivostok...